Bacalao Profundamente Bolivariano

Versión del 3 de mayo de 2001

Le Vieux Coq

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Odio cenar solo. Una cena siempre debería contemplar la presencia de una bella e inteligente dama, de una buena botella de vino y de algún apetecible manjar, en orden de importancia. Por desgracia esta noche cenaba con la trillada compañía de mi abarrotada conciencia, con una Heineken y con una comida simplemente pasable. La velada había sido interesante a pesar de todo. Un par de horas atrás un taxi me había recogido en el Caribe Hilton y me había soltado en la calle Recinto Sur del Viejo San Juan, justo frente al Post Office.

Había procedido a recorrer metódicamente todas las calles del Viejo San Juan, a la espera de que el calor amainara y de que mi apetito floreciera, como quien recorre un santuario mítico. Hacía ya un poco más de treinta años mis padres se habían dado su primer beso al pie del Fuerte San Cristobal. Extraño pensamiento ese; el primer beso de sus progenitores. El Viejo San Juan me pareció demasiado artificial, demasiado arreglado y demasiado limpio. Lo único realmente latino que pude reconocer fue la inconfundible mezcla de impecables museos cerrados por la noche con los bares rebozantes de tristes prostitutas abiertos por la noche.

Bajando por la calle San Sebastián, un poco antes de llegar a la calle Cristo, del lado izquierdo, frente al museo del celista español Pablo Casals y empujado por un incipiente apetito, me había decidido a escoger a uno de los pocos restoranes abiertos por esa tardía hora. Entré en una especie de bar. A la izquierda un pasillo, con arcos en el techo y ocupado por unas eventuales mesas, llevaba al comedor principal. Decidí sentarme en una de las mesitas del pasillo ubicada debajo del segundo arco y a la izquierda de la puerta de la cocina. Tan estratégica ubicación me permitía observar la cocina, el bar y un pedazo de calle en un vano intento de hacer menos insufrible la cena. Guindado en la pared del pasillo, justo a la izquierda de la puerta de la cocina y al frente mio se encontraba un descolorido cuadro con efigie del Libertador General Simón Bolívar y una leyenda alusiva al "Círculo Bolivariano de Puerto Rico".

Hacía ya varios meses que la vagabunda figura de Bolívar rondaba por los laberintos de mi mente. Sin nada más que hacer dejé mi mente divagar. ¿Qué hacía la efigie del general en tierras que nunca llegara a pisar? Más aún, ¿qué hace una efigie del Libertador en esta isla olvidada de la victoria del General Sucre en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, cuando supuestamente se liberó a toda la américa española? ¿Acaso nadie se acordó de Cuba y Puerto Rico? ¿Acaso el Libertador no pensó en organizar una expedición libertadora de ambas islas? ¿Nadie previó entonces la larga agonía de estas islas en manos españolas? ¿Ni las dos guerras abortadas de independencia de Cuba? ¿Ni la explosión del Maine al principio del fatídico año 1898? Sólo tres meses de aquel año fueron necesarios para que la tierra de Martí y Puerto Rico sean "protectorados" gringos? ¿Dónde estuvieron los ideales bolivarianos cuando a los gringos se les ocurrió esa vaina de la doctrina Monroe? ¿Dónde mierda?

El mesero, consultado sobre la figura del General, me lo había explicado muy claramente desde el peso de todos los años del Viejo San Juan: -- (Bolívar era) un personaje de otro país que aquí no hizo nada. Aquel comentario de una claridad implacable de luz de neón me dejó aún más pensativo. ¿Quién era el Libertador General Simón Bolívar? ¿Quién era él?, no su símbolo sino su persona. ¿Cómo era como ser humano? ¿Cómo persona? Mi mente seguió a la deriva esas y otras preguntas.

Una de las grandes preguntas sin respuesta de la historia se centraba en aquella sangrienta noche de septiembre de 1815 en Kingston, Jamaica, cuando al intentar asesinarlo un inPio manumiso suyo mató a su fiel amigo Felix Amestoy quien lo esperaba durmiendo en su chinchorro mientras el pasaba la noche en compañía de Miranda Lynsday. La pregunta sin respuesta que no dejaba de atormentarme era: ¿cómo había podido Miranda Lynsday pasar toda una noche en la compañía de tan ferviente galán sin perder su honra? Miranda fue la única mujer quien jamás pudo resistir el ímpetuo de aquellos ojos alucinados y la fuerza de aquella habla inagotable. Me dejé llevar a imaginar dicha velada.

Septiembre 1815, Jamaica, una noche tropical llena de fragancias marinas y amenazas de lluvia con relámpagos y truenos remotos en el mar. Simón Bolívar llega solo al lugar de la cita secreta. Miranda Lynsday lo espera también sola.

Simón Bolívar: -- Chama, perdona por haber llegado atrasado pero me agarró la cola.
Miranda Lynsday: -- No le pares chamo. Vente pa'ca. Súbete en mi catanare y le echamos pichón.
SB: -- Chama, así me gustan las jevas.
ML: -- Otra vez con esas vainas tuyas, Simón. ¿No es un poco temprano para echarle pierna así?

Pasaron frente del ingenio azucarero del padre de Miranda, vadearon un arroyo de piedras cantantes y penetraron un bosque de pinos sin que el séquito de perros oscurros los dejara por un solo instante. Finalmente se detuvieron frente a un rústico ermita.

SB: -- Bello tu ranchito.
ML: -- No me jodas. Déjame darle algo a los cacres pa' que no nos jodan después.
SB: -- No te olvides de la caña. ¿No tendrás una arepita también?
ML: -- Mira chamo, tu tranquilo ahí no más...

Simón, omnibulado por la ineludible dignidad de Miranda Lynsday, se apeó tranquilamente.

ML: -- Chamín, toma estos corotos, dame la mano y sígueme.
SB: -- Lo que tu me pidas, mi bella catira.

Entraron al edificio medio en ruinas hasta llegar a una sacristía debilmente alumbrada por una antorcha clavada en la pared. Dos troncos esculpidos a hachazos componían el rústico mobiliario.

SB: -- ¿Dónde está la cachifa para darle tus corotos?
ML: -- Galán, esta noche estamos tu y yo no más.
SB: -- Bella, con esa noticia estoy que bailo en una pata.
ML: -- Bueno, pero por ahora tengo que preparar de comer, así que deja de joder por un rato mira que todo se hará a su tiempo.
SB: -- Se hará como tu digas.
ML: -- ¿Por qué no vas a encender el horno que está en el patio?

Mientras Simón encendía el fuego del horno de greda en el patio usando unas ramas viejas Miranda extraía con sumo cuidado el contenido del bolso que había llevado. Al volver Simón la encontró afanada en una de las toscas mesas.

SB: -- Chama, ¿qué estas preparando? Mira que a mi me provoca la papa fina.
ML: -- Lo sé Simón. Por eso te estoy preparando este platillo que te va a encantar.
SB: -- Vale chama. Échame el cuento de cómo lo haces.
ML: -- Este es un plato digno de un emperador, usa los más exquisitos ingredientes y es facilito de hacer.
SB: -- ¿Y qué tienes tú en ese frasco?
ML: -- El ingrediente principal, bacalao de profundidad. Este es un ejemplar que pescara Humbolt frente a las gélidas costas de Chile y del cual me hizo obsequio tras una velada en casa de mi padre, sir London Lynsday.
SB: -- ¿Y por qué el frasco está tan lleno de esa vaina blanca?
ML: -- Porque esta mañana temprano abrí el frasco, le saqué el agua de esterilización y la reemplacé por leche de coco. Además agregué unos cinco clavos de olor, unos seis granos de pimienta blanca, otros siete granos de guayabita y finalmente, en honor a Jamaica, unos ocho granos de allspice.
SB: -- Después de estar varios meses pelando bola en esta isla al fin voy a probar un platillo sabroso.
ML: -- ¿Qué tu dominicana amiga Julia Corbier no te alimenta bien? Con razón estas tan flaco.

Frente a la referencia a su amante actual el semblante del Libertador se turbó por un brevísimo instante.

SB: -- ¿Qué vainas son esas? Estas más informada que mis sapos.
ML: -- ¿No será que soy una de tus sapas?
SB: -- Al que nace para caleta, del cielo le caen los bultos.
ML: -- Mira chamo, ¿por qué no te sientas allí y me dejas preparar la cena?

Simón Bolívar se sentó en el otro mueble y mientras de lo alto del timbre chillón de su voz declamaba algunos poemas de amor y guerra de su creación, en octavas reales, se dedicó a admirar el semblante de Miranda. Ella vestía de terciopelo con mangas hasta los puños y botas de montar del cordobán más delicado. Admiró las blancas manos de dedos imposiblemente largos. Dedos albos de pianista. Dedos hechos para tocar, para sentir, para amar. Aquellos dedos de mariposa afanada en sus quehaceres domésticos. Aquellos dedos sumisos a su destino. Unos dedos soñados. Unos dedos añorados. Pensados, deseados, dedos hechos para tocar piel de hombre, para recorrer los recovecos musculosos de los hombres, para beber el dolor de tanta cabalgata, de tanta guerra. Dedos golosinas delicadas. Dedos para deleitarse, para besarlos, para olerlos, para sentirlos largamente recorrer los labios de hombre. Dedos de mujer en una mano de mujer. Una mano consoladora tantas veces añorada tras algún combate. Una mano necesaria. Una mano fuerte para masajear, para conjurar tanta sal de cansancio fuera de su cuerpo de hombre molido. Simón Bolívar siguió admirando alucinado aquella alba mano de cristal delicadamente dedicada, en fulgores de rosado, a sus labores de mujer.

SB: -- ¿Por qué no me sigues echando el cuento de lo que estas haciendo?
ML: -- Mira mi amor, primero tomo esta fuente para hornear, la unto de mantequilla como vez. Después, tomo esta piña bien madura y la voy cortando en rodajas en esta otra fuente de manera de salvar todo su preciado jugo.
SB: -- ¿Es esto postre o qué?
ML: -- Calla y escucha. En la fuente que acabo de untar de mantequilla pongo las rodajas de piña en el fondo. Sobre ellas dispongo los trozos del bacalao de profundidad pero no sin antes sacarles el jugo en el cual estaban marinando.
SB: -- ¿No lo iras abotar? Sería un desperdicio.
ML: -- No, ese jugo lo echo en la fuente con el jugo de piña. Ahora abro este otro frasco de una exquisitez recién llegada de la china. Un paquete imperial de Hong Kong pasó por aquí hará un mes y aproveché de comprar este manjar. Le llaman litchi y es una fruta muy apreciada en el imperio.
SB: -- Ya lo sabía. Me quieren envenenar, -- dijo él en voz burlona, pues bien sabía que habría de morir de muerte natural en la soledad de su lecho sin siquiera el consuelo de un perfume de mujer.
ML: -- Déjate de joder, estás echando más vainas que una mata de caraotas.
SB: -- Pués me callo si sigues con el cuentico ese.
ML: -- Abro el frasco de litchis y los distribuyo artísticamente entre los trozos de bacalao de profundidad. El almibar que queda en el frasco lo agrego a la fuente que contiene el jugo de piña y la leche de coco con especies en la cual el pescado estuvo marinando. Finalmente cubro con trozitos de mantequilla el pescado y esta fuente ha quedado lista para el horno. Sin embargo tendrá que esperar a que la salsa esté lista. Para hacer la salsa tengo que picar un par de cebollitas perla, otro par de dientes de ajo y un poco de jengibre. Tienen que estar picados muy fino y eso demora.

Mientras Miranda Lynsday picaba finamente los ingredientes Simón siguió observándola a la vez que entonaba una canción de moda en su juventud. Observó aquel pilar de alabastro vivo. Aquella escultura mágicamente animada de albo marmol. Aquella piel de leche que apenas cubría unos músculos flexibles y fuertes que denotaban todo su carácter. Aquel marfil exótico de ese cuello vivo. Goza cuello, cabello, labio y frente, había escrito don Luis de Góngora. Si, Goza cuello, invitación al beso, tentación de mordizcos, imán de labios. Imaginose todo el cuerpo de Miranda desplegado por aquel alabastro vivo. Imaginose la altivez de sus senos en los recovecos de su piel al pie del cuello, allí donde se confunde con el pecho. Vió las dos frescas mitades de manzana de su culo en la fuerza de los músculos del cuello. Sintió el don de entrega que no llegaría a probar.

ML: -- Una vez que estos ingredientes esten bien picados, se agregan a la fuente con los jugos. Ahora le ehco una ramita de canela y un puñado de sal. Esta es la base de la salsa. Sólo tengo que ponerla a fuego lento en este fogón y esperar a que se reduzca a la mitad.
SB: -- Bueno chama, ven pa'ca que ya no eres una pavita.
ML: -- ¡Que no te pases de maraca!
SB: -- ¡Na' huevonada!

Miranda y Simón se sentaron frente a frente, con las rodillas tocándose y tomándose de las manos mientras Miranda esperaba que el tiempo surtiese su ineludible efecto en la salsa y Simón esperaba que las reticencias de Miranda se evaporaran más rápido que la salsa. Un suave aroma dulzón fue cubriendo la sacristía, impreganando los recovecos de las ropas, apantallando la luz de la antorcha, cubriendo el ruido de la lluvia. La dulzura aromática del litchi propagó la acidez de la piña cubierta de especies, que en otros cielos hubieran sido exóticas pero que en esta noche de lluvia tropical se mezclaban naturalmente con los efluvios marinos y de caña de azúcar. El tiempo se hizo cristal. Miranda permitió algunos besos casuales al Libertador, pero no antes de poner la fuente con el pescado al horno por unos treinta minutos a unos doscientos cincuenta grados Farenheight. A Simón Bolívar no le quedó otra alternativa que deshacer su frustración en la suavidad mielosa del olor de aquella salsa de la cual Miranda extraía cuidadosamente cada uno de los granos de especies dejando sólo aquel beige líquido y alucinante.

Paulatinamente fueron haciendo suyo aquel plato. Ningún rey, ningún emperador, ningún otro general habrían de probarlo jamás. Sólo este General quien reusaría coronarse lo probó. Sólo este General sabría jamás que este plato le salvó la vida pues al regresar a su humilde morada a las seis de la mañana descubriría, en su chinchorro el rastro de las once puñaladas traicioneras que le costaron la vida a su amigo Felix Amestoy.

Intentó agradecerle el favor a Miranda pero esta no se lo permitió. Antes de embarcarse en una goeleta corsaria a seguir arando en el mar le envió a Miranda Lynsday un relicario heredado de su difunta madre, con un profético billete; estoy condenado a un destino de teatro. Habría de verla nuevamente muchos años después en la antesala de su propia muerte.

Yo no sé quien será don Simón Bolívar. Nunca lo sabré tampoco. Sólo sé que:

Un niño de Venezuela
tuvo un encuentro con él;
oigan sonar sus espuelas:
va cabalgando otra vez.

y que a ese niño, por ahora, no le dicen Comandante.


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