Sopa de Cabezas de Camarones

Versión del 4 de diciembre de 2000

Le Vieux Coq

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Muchas horas después, frente a la olla de cocimiento, el Ing. Le Vieux Coq habría de recordar aquella noche remota de viernes en que su jefe lo llevó a conocer la taverna Gordon Biersch. Palo Alto era entonces una aldea de veinte edificios de hormigón armado y vidrio construídos a la orilla de una avenida de diáfanos árboles sobre la cual se precipitaban blancas y enormes camionetas como rebaños prehistóricos.

La taberna Gordon Biersch estaba llena. Tan absolutamente llena que había que entrar a codazos. Abrirse paso a fuerza de permisos, patadas, pleases y empujones entre tantos yupies fue una experiencia novedosa. La fauna local era sumamente interesante, en su mayoría jóvenes ejecutivos de la Silicon Valley simulando pasarlo bien con sus amigotes bebiendo decalitros de cerveza mientras escaneaban con un ojo la audiencia en búsqueda de una chica nueva a quien engrupir y vigilaban el match de baseball en la tele con el otro. Por el otro lado bellas y jóvenes secretarias tratando de parecer elegantes y sofisticadas, tentaban la suerte a ver si algún VP se interesaba en ellas, aunque parecían dispuestas a conformarse con un simple Director. Un ocasional estudiante de Stanford completaba este zoológico en el cual se mezclaban todas las razas y religiones, como suelen hacerlo en The Valley.

Me senté en el bar, ordené un vaso de cerveza amber, una pizza mediterránea y unos onion rings para pasar el tiempo mientras analizaba tranquilamente las tácticas de engrupe de mis amigos. Estas variaban desde el Picasso en el living hasta la cama de agua pasando por un paseo en Porshe 930 Turbo 3.6. La táctica más original de la noche fue una invitación a leer el libro Sex de Madonna.

Acordándome de que el Maestro Confucio había dicho: Todavía no he conocido al hombre que esté más encariñado con la virtud que con la belleza femenina yo estaba resignado a disfrutar de la excelente cerveza local, manufacturada frente a mis propios ojos en unos enormes toneles de cobre tras un gran ventanal, cuando tuve la agradable sorpresa de descubrir que la pizza que acababa de pedir tampoco estaba nada mala. Estaba considerando la posibilidad de pedir una ronda de onion rings adicional cuando una sonrisa con una ternura milenaria me preguntó si la pizza estaba buena.

Mi reacción fue muy lenta.

No me había percatado de aquella chinita con cara de niñita de ocho años, de largo pelo negro, ojitos brillantes aunque chiquitos, de finas facciones y que usaba un vestido blanco y corto que descubría dos finas piernas cubiertas por una malla negra. Dos piernas increíbles para una asiática. Por lo general me atraen estéticamente las asiáticas, dejando aparte el detalle de sus minúsculos senos, hasta que llego a verles el conjunto disarmónico de ángulos que suelen tener por piernas. Aquella chinita tenía el par de piernas delgadas y chiquitas más perfectas que podía imaginarme. Aquella chinita se había sentado conmigo, entre todos los hombres presentes en este antro. Hoy era definitivamente mi día de suerte.

4.9 [Seg.] después respondí a la pregunta.

3.2 [Hrs.] después sabía que se llamaba Shih-Yi Chang, que estaba sacando un PhD en paleontología en Stanford, que había nacido y vivido casi toda su vida en Hong-Kong, que no tenía compromisos sentimentales, que le gustaba el buceo, que su tesis versaba sobre el rol del azar como motor de la evolución visto desde el punto de vista de las extinciones en masa, que buscaba establecer amistad con alguien, cosa de no aburrirse demasiado mientras terminaba su tesis, que profesaba un amor inmoderado hacia los arthrópodos y que no tenía nada en contra de la buena cocina, aunque incluyera como parte del menú unos cuantos arthrópodos.

Estrujando mi memoria al máximo fuí capaz de hacer algunos comentarios no totalmente estúpidos sobre la explosión del Cambrio, la importancia del Burgess Shale, la extinción del Permiano que acabó con todos los Trilobitas, la polémica levantada por Stephen Jay Gould, el origen extraterrestre del iridio presente en la interfaz K-T, la función de matanza de David M. Raup y otras cosas más de cultura general.

Shih-Yi Chang no esperaba conocer a nadie que supiese lo que un arthrópodo era en esta taverna así que aparentemente se declaró satisfecha con mi conversación y quedamos, mientras nos despedíamos, en que vendría a estudiar todo el domingo a mi casa mientras yo probaba y escribía nuevas recetas de cocina. Llevársela a dormir a casa esa misma noche hubiese sido una falta de gusto y una falta de respeto, tanto para ella como para mi, puesto que hubiésemos hecho lo mismo que la mayoría de los presentes. God forbid! Además, es importante hacer notar que el Maestro Sun Tzu había dicho: Los buenos guerreros hacen que los demás vengan a ellos y no van hacia los otros.

El sábado fue un día dedicado al estudio y a la concentración, además de un par de horas gastadas en limpieza y arreglo de mi departamento cosa de que quedara medianamente presentable. Me leí nuevamente Wonderful Life de Stephen Jay Gould, el Lun Yu (recopilación de las enseñanzas del Maestro Confucio hecha por sus discípulos) y Extinction: Bad Genes or Bad Luck? de David M. Raup cosa de poder decir alguna cosa inteligente el domingo. Sin embargo, no fue hasta mediados de la tarde que resolví la pregunta fundamental, es decir, ¿qué iba a cocinar mañana?

Arriesgarse a preparar alguna receta china, dados mis escuetos conocimientos en el tema era extremadamente riesgoso. Cocinar alguna receta de la [autodenominada] Nouvelle Cuisine sería mostrar más interés en la forma que en el contenido, sin tomar en cuenta que Shih-Yi Chang mencionó que no le gustaba el arte subrealista. Considerando el amor profesado hacia los arthrópodos correspondía preparar un platillo basado en algunos de ellos. Lo ideal, por lo delicado de su sabor y lo original, habrían sido unos tacos de gusanos de maguey, pero por culpa de la civilización occidental son imposibles de conseguir por estos lados. Además tenía que considerar el hecho de que estábamos en invierno y por lo tanto se requería de una receta que confortara tanto al cuerpo como al espíritu. Por último no podía ser algo demasiado contundente pero tenía que mantenerme ocupado la mayor parte del día.

Después de muchas elucubraciones y muy a pesar de lo que opinó Mafalda cuando dijo ¡Sopa! ¡No! decidí preparar una Sopa de Cabezas de Camarones. Una receta ideal para un frío día de invierno, liviana, que toma un buen par de horas de preparación y, por último, los camarones definitivamente pertenecen a los arthrópodos, vía los Crustacea. Esto se comprueba fácilmente al notar que todas las especies de camarones que han cruzado mi plato tienen dos pares de apéndices uniramos (antennae y antennules) preorales y tres pares de apéndices en forma postoral, lo que de paso indica que la cabeza está formada por la tagmosis de al menos cinco segmentos.

Rápidamente me fuí a un supermercado chino que queda en Castro St., en down town Mountain View justo frente al restaurante Sono Sushi, donde venden todo tipo de molúscos, crustáceos y pescados muy frescos. De hecho, en muchos casos lo que uno compra no son pescados sino peces. Vivitos y coleando. Mi lista de compras leía lo siguiente:

Tampoco tenía que olvidarme de pasar a buscar un quart de helado de lychee en un Double Rainbow que queda a dos cuadras bajando por Castro St. en dirección de la bahía.

En menos tiempo del que se necesita para decir la abreviación de For Unlawful Carnal Knowledge había terminado mis compras y me encontraba camino al gimnasio, cosa de relajar las tensiones antes de la importante jornada del domingo.

El domingo por la mañana me despertó el timbre de la puerta a eso de las 8:32 AM del alba. Un Miata rojo estaba parqueado en mi drive-in. Shih-Yi había llegado temprano de modo que le cundiera el día. No esperaba que estuviese despierto de modo que tuvo la delicadeza de pasar a comprar unos croissans rellenos de chocolate para el desayuno. Desayunamos juntos, yo en pijama y ella en jeans y un polerón del Alcatraz Swiming Team.

Por suerte pude lucirme con un café espresso hecho en casa gracias a una bolsa de Café Pelé, recuerdo de mi último viaje a São Paulo y lavé el deshonor de haber sido sacado de la cama de improviso. Ella se instaló con sus libros y su laptop Toshiba en la mesa de comida diaria de la cocina mientras yo terminaba con toda tranquilidad mi desayuno leyendo el diario dominical. Después me levanté, puse la vajilla sucia en la máquina de lavar platos y me fuí a mi pieza a hacer mis ejercicios antes de darme una buena y larga ducha.

Aparecí vestido con unos jeans y un polerón de la Universidad de Chile una hora después, para ponerme mi famoso delantal de cocinero, el cual invita a conocer las diferencias entre los distintos chiles (un éxito de ventas en México). Tomé las papas y las lavé bien antes de echarlas en una olla en la cual había puesto a hervir agua. Mientras se cocían las papas me puse a lavar los camarones primero y a separar las cabezas de las colas, que iba dejando en sus respectivas fuentes. Una vez logrado tan encomiable acto me puse a quitarle la cáscara a casi todas las colas de camarones, exceptuando un puñado que puse con cáscara y todo en la misma fuente que las cabezas.

Shih-Yi tomó un coffee break mientras yo esperaba que las papas se cocieran. Le plantée lo que según yo era la deficiencia fundamental de la paleontología. Dicha ciencia es perfectamente capaz de decirle a uno cómo caminaba un Hallucigenia, cómo era la ecología de un pedazo de arena al pie de una acantilado marino a principios del Cambrio, cuál era la dieta de un Anomalocaris y hasta cuál era el comportamiento de un grupo típico de Aysheaia, pero, y ese es un gran pero, es absolutamente incapaz de decirle a uno cuál es el olor de una sopa de Marella, cómo sabe un cebiche de Leanchoilia, cuál vino debe servirse con Tegopelte en salsa margarita, cuáles aliños conviene usar con un chupe de Branchiocaris, cuál era el cortejo sexual de un Sidneyia hacia una Sidneyia o cómo se fríe un steak de Anomalocaris.

Shih-Yi escuchó mi encendida verbórrea con seriedad y atención. Comentó que toda esperanza no estaba perdida dado que se estaban haciendo muchos estudios en paleogenética y que era teóricamente posible reconstruir el DNA completo de un bicho desaparecido de la faz de la tierra hace ya mucho rato y basándose en el DNA recrearlo. Me prometió que me avisaría en cuanto lo lograran para que empezara a preparar recetas adecuadas a tan magno evento. Le cité el artículo Forever in Amber de la última Natural History en el cual se dice que no va ser tan fácil recuperar el DNA completo de uno de esos bichos. Nuestra conversación derivó naturalmente hacia el DNA de las termitas y su relación con las cucarachas, la novela Jurassic Park y la película que Spielberg estaba filmando basándose en dicha novela. Terminamos hablando de los linda que es Costa Rica.

Tomé mi tabla de madera cocinera y me puse a cortar las zanahorias, las échalotes y el ajo en rodajas. Puse el todo en el sartén. Sasoné con tomillo, orégano y laurel. Una pizca de sal fue cubierta por un buen sorbo de aceite de oliva. Finalmente pelé las papas, las corté en cuatro y las agregué al sartén. Puse el fuego al máximo y revolví el todo mientras las échalotes se doraban.

Mientras yo realizaba todas estas operaciones Shih-Yi simulaba estudiar y me observaba atentamente. Yo fingía no ver nada pero el reflejo de los bellos ojos de Shih-Yi destellaba sobre el aluminio de las ollas. Ella tenía aquella gracia y elegancia tan natural a las hijas de oriente. El movimiento de sus manos sobre el teclado más bien semejaba el delicado bailde de un colibrí entre las flores. Como se había sacado su polerón podía apreciar sus senos firmes y pequeños de niña bajo una polera toda blanca que imploraba Free Sue. Su cara era toda alba sonrisa, rellenitas mejillas y brillantes ojos. Toda su atención estaba puesta en mi.

Tomé todas las cabezas de camarones junto con las pocas colas dejadas a parte con su caparazón y las agregué a la fritura sin dejar de revolver el conjunto con mi cuchara de palo. No pude resistir la tentación de mirarla a los ojos. Inmediatamente los bajó y mientras trataba de concentrarse en sus materias un color rosado invadió la tersura de su piel. El mismo color rosado que ahora estaban tomando mis camarones. Los seguí friendo hasta que todos quedaron rosados por igual.

Recordando que el Maestro Confucio había dicho El caballero desea ser lento en palabra pero rápido en acción abrí una de las botellas de Chablis, a 12 °C, y procedí a llenar dos bellas copas de vino que proclamaban mi asistencia al festival de vino de Los Altos de 1992. Sin decir palabra alguna le ofrecí una de las copas a mi bella chinita con mi mejor sonrisa y procedimos a brindar silenciosamente buceando en lo profundo de nuestros respectivos ojos mientras el penetrante olor a camarones se fundía con el delicado aroma del Chablis.

Con la cuchara de palo deposité en el fondo de la licuadora un poco del resultado de la fritura hasta llegar al tercio de su volumen. Completé hasta un poco más de la mitad con agua caliente. Hice funcionar la licuadora al máximo hasta lograr que los camarones fritos quedaran convertidos en una turbidez apetitosa. Puse el colador sobre la olla y vertí aquella aromática pasta en el. Con la segunda cuchara de palo revolví pacientemente la mezcla en el colador. La idea es que todos los pedazos de cáscara de camarón se queden en el colador pero el delicioso jugo a pastos, verduras, hierbas varias y camarones quede en la olla. Este procedimiento se debe repetir hasta que se acabe toda la fritura o (de los inclusivos) se llene la olla.

El desafío es que este proceso es en extremo lento y que el cocinero necesita de una paciencia de chino, cosa que no soy aunque no dejaba de admirar la belleza de mi chinita. Por suerte me acordé de que el Maestro Chin Chu China había dicho; Siéntate en tu casa a ver a tu chinita y verás tu olla de Sopa de Cabezas de Camarones pasar.

Me dirigí a la mesa del comedor con dos servicos, un mantel, los dos vasos y un balde para la botella de vino. Decoré artísticamente la mesa con unos pequeños fósiles de Trilobita y una docena de tektitas arreglados de manera de conformar dos corazones unidos. Un par de aros de ambar que me quedaban de un lote de veinte que compré hace un año en un viaje por República Dominicana justamente para este tipo de ocasiones fueron depositados delicadamente sobre la servilleta de mi chinita. Puse el último CD de Cristian Bassi llamado Les Sens de la Vie y una delicada música New Age envolvió el living. Hice todo eso mientras la sopa se calentaba en su olla por unos 23 [Min].

Fue un almuerzo delicioso.

La crema cafesosa de la sopa nos reconfortó con unos sabores frescos y naturales, en los cuales ningún ingrediente opacaba a los demás y todos aportaban armoniosamente al conjunto. El Chablis, tan idealmente hecho para acompañar a los mariscos, surtía su efecto al aligerar nuestras cabezas y nuestros pensamientos.

Conversamos de todo y de nada.

Del ciclo de vida de las especies, de Trujillo, del promedio de 4 milliones de años de existencia para las especies de mamíferos, de la catástrofe del K-T, de lo que pasaría si cayera hoy un bólido extraterrestre de 100 [Kmt] de diámetro sobre la península, de si yo me parecía físicamente a Porfirio Díaz Rubirosa, de qué tan probable era que el Homo sapiens sapiens se extinguiera, del poema Quand je serai bien vielle le soir au près de ma chandelle de Ronsard, del rol del azar en el proceso de especiación, de si tenía suficiente Chablis como para llenar mi Jacuzzi, del origen de las tektitas, de que el Maestro Chin Chu China había dicho; No somos nada y de un montón de payasadas más.

El dorado ambar de sus orejas se reflejaba en el oro de los vasos y nos fue embriagando deliciosamente.

Shih-Yi se levantó y con ciertas dificultades logramos levantar los platos sucios de la mesa y poner los de postre junto con el helado de lychee y una botella de Gewürztraminer.

Fue un dulce momento.

Para cambiar hablamos poco. Disfrutamos del exótico dejo del lychee que tantos recuerdos le trajo a Shih-Yi. Mientras ella se relajaba y abría su inocencia al contarme su niñez en Hong Kong yo me había sentado en el suelo y procedido a masajear aquel minúsculo par de pies. En respuesta una dulce sonrisa me cubrió.

Me paré, levanté los platos vacíos de helado, la botella vacía de Gewürztraminer y volví con un plato lleno de fortune cookies y otra botella de Gewürztraminer.

La fortune cookie de Shih-Yi tenía un condón [a]dentro.

La mía decía; The Master Fat Fong said: Me no come. She come. Baby come. How come???

Me quedé un instante anonadado hasta que me acordé que las había comprado en el chinatown de San Francisco hace un par de meses y que la caja tenía unas tres X bien grandes en rojo.

Shih-Yi se río. Con una sonrisa inolvidable en sus ojos se me acercó, me tomó de una mano y me invitó a estudiar anatomía comparada por el método de Braille en mi pieza.

Sólo alcancé a tomar la botella de Gewürztraminer y un par de vasos antes de dicarme a los estudios.


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