Cebiche de Camarones

Versión del 4 de diciembre de 2000

Le Vieux Coq

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Sorpresivamente sonó un pito y una alarma SunView (SunOS 4.0.3), apereció encuadrada en el medio de las 19" de la pantalla de mi estación de trabajo Sun3/80GX. El mensaje de la alarma proclamaba Hora de irse a la casa huevón. Con el dedo índice de la mano derecha apreté el botón izquierdo del ratón y paulatinamente inicié el doloroso proceso de volver a la realidad física. Era el fin del turno A. Grabé a disco el archivo CLKsend.c con la rutina en C que estaba escribiendo para el módulo BB del sistema CIOM, cerré todos los íconos e invoqué al screen saver antes de levantarme de la silla metálica.

Una mirada por la ventana me permitió apreciar como los camiones de extracción, aquellas enormes y mortales masas de hiero y roca que tan diminutas se veían de aquí, el F4, se iban estacionando en la playa a la derecha del K1, el molino. Tomé mis lentes de seguridad, mi máscara, me puse mi casco y me dirigí a la sala de control del CIOM. Mientras asistía al cambio de turno, vigilante ante cualquier desperfecto del sistema computacional distribuido que era el centro director de Chiquicamata, la madre de todas las minas, observaba distraidamente la atmósfera de aquella sala, estratégicamente ubicada, y construida, al borde del banco F4, justo a la izquierda de la correa transportadora J1, y cuya vista del manso hoyo de la mina no podía ser mejor. La atmósfera de panal de abejas en plena actividad nacía del zumbido de los operadores, quienes vigilaban la mina y las multicolores pantallas de estado (¡tan ininteligibles a un neofito!) mientras invocaban comandos en sus estaciones de trabajo y entregaban instrucciones por radio a los choferes de extracción.

Extrañamente, mi mente no estaba allí. La vista del póster en el cual una exuberante gringa ofrendaba dos enormes senos a los operadores me había transportado al recuerdo de otro par de senos, morenos eso si.

Ayer mientras paseaba por la plaza de Calama, como solía hacer casi todos los días sólo por el gusto de ver algo verde y clorofílico bajo la forma de unos viejos pimientos, me había encontrado con Pilar.

Cuatro años atrás, mencionando el viejo refrán popular más fome que pololear con estudiante de ingeniería, Pilar había dado término a nuestro breve aunque activo pololeo.

Mientras comíamos un par de deliciosos helados de chocolate en el Bavaria, convenientemente ubicado a unos 15 [mts] de donde nos encontramos, Pilar y yo nos actualizamos rápidamente sobre el devenir de nuestras respectivas vidas. Yo le conté como había terminado mis estudios, las peripecias de mi memoria y el por qué me había involucrado en este proyecto super choro. Ella me detalló sus estudios de pedagogía básica y el como había sido destinada a la escuelita básica de Chiu-Chiu, a unos 50 [Kmts] de Calama. Quedamos en que hoy iría a cenar a su casa, cosa de recordar viejos tiempos.

Como el turno B ya llevaba 20 [min] sin problema alguno, procedí a despedirme de los operadores, subirme a mi camioneta Chevrolet B-2, cruzar el puente sobre el J1, atravesar cuidadosamente la plaza Italia, bajar el chapulín frente al puesto de guardia bajo la mirada imponente de la vieja pala y tomar la bajada hacia Calama. Por temor de llegar atrasado, bajé más rápido que de costumbre, mi mente aún en el helado de chocolate de ayer. Pilar seguía siendo esa bella y alegre morena de mediana estatura, piel acanelada, cintura de avispa, ojos negros, pechugas acolchadas y caderas acogedoramente redondas. Sin embargo, la Pilar de ayer era otra. Algo tenía de distinto. Físicamente sólo estaba aún más morena. Los músculos de las piernas y brazos más marcados quizás. Pero allí no radicaba la diferencia. Sus ojos estaban más negros y vivos a la vez. Una tranquilidad de salar había reemplazado aquella tumultuosa inseguridad de adolescente. ¡Ya sabía lo que me preocupaba! La Pilar de ahora era una mujer segura de si misma y de lo que quería. Mucho más de lo que yo podía decir de mi mismo...

La recogí en la plaza, justo frente a la iglesia. Lucía el mismo vestido de algodón negro de manga corta que usó ayer y que le llegaba a mitad de pierna, mostrando aquellos fuertes muslos que tanto me habían fascinado. Tenía los pies llenos de polvo, producto de caminar con sandalias de cuero abiertas por las calles de Calama. Su olor a canela agria se impuso en la camioneta mientras me contaba de sus alumnos, de sus vidas, de Chiu-Chiu, de la decoración artesa de su casa, de su enamoramiento con las culturas precolombinas y de como se había encontrado a si misma.

La B-20 iba rajada navegando por aquel mar de piedras. A mi izquierda, y quedando cada vez más atrás, Chuquicamata sangraba un hilo de veneno mediante el cual se podía rastrear su dolor a cientos de [Kmts] a la redonda. Frente a mi, aunque ligeramente a la izquierda, un archipiélago de montañas estaba dominado por la alba punta del Licanantay. Había puesto un casete de música andina y nuestra camioneta surcaba esta inmovilidad mineral siguiendo un acueducto, hilo vital de vida para aquella cloaca llamada Calama que iba quedando cada vez más atras en el espacio y en el tiempo. Mediante la magia del tocacasete Los Jaivas cantaban muy apropiadamente:

Este canto se eleva desde un barrial.
Es por eso que busca en el horizonte la verdad.
Este canto se eleva, mi vida, desde un barrial.

Atras mio el fuego del sol descendía sobre esa Calama que iba quedando cada vez más foránea. La nave subía y bajaba rítmicamente las lomas de la carretera levantando una estela de polvo dorado mientras Pilar arrodillada en el asiento se dejaba llevar a la contemplación. Su aroma llamaba viejas sensaciones. Un cielo azul inamovible no daba señas de vida a pesar de que la canción El Condor Pasa resonaba al máximo y evocaba otras imágenes. Polvo dorado, éter azul, aroma a canela agria, ondulantes movimientos y recuerdos componían mi universo e invocaron a la tibia suavidad de una caricia áspera aprendiendo nuevamente a navegar entre los recovecos del olvido y de la piel seca de las piernas de Pilar.

Sin previo aviso llegamos a una discontinuidad en este mar de sequedades. Una serpiente verde con un hilo de plata a lo largo dividía las aguas de este mar mineral. Río verde acotado por dos grandes acantilados, tal era el río Loa. Serpiente de vida que recorría la inmovilidad.

Estacioné nuestra nave perpendicularmente al borde del acantilado. Pilar y yo nos bajamos para disfrutar del silencio inmovil. Vimos como el Dios Inti se apersonó en su albo altar y cubrió de sangre la corona del volcaán Licanantay.

Pilar estaba parada, apoyada de espaldas a la camioneta, con la mirada perdida en la cordillera y en el remoto pasado. No sabría cuanto tiempo me quedé admirando aquella estatua de cobre cuyo vestido, en bandera transformado, ondulaba el luto del viento y cuyos descalzos pies saludaban a la tierra. Su unían a la tierra. Erán la tierra.

Una gotas de plata viajeras adornaron la suavidad cobriza de la mejillas de Pilar mientras el viento enarbolaba la obsidiana de su pelo.

Ella me miró y sonrió.

La aspereza de las caricias renació calentando con su suave tibieza el frío de nuestros huesos y de nuestras almas. La tierra se cubrió de luto y en su viaje seco la caricia descubrió la humedad.

El altar de cobre abrió sus brazos y sus piernas para cobijar al sol naciente y a la rocosa cordillera hasta recibir la vida líquida.

Chiu-Chiu era un pueblito de unas treinta casas de paredes de adobe pintadas con cal y de techos de paja que daba la impresión de no haber cambiado un ápice desde la noche en la cual don Pedro de Valdivia pernoctó allí y que probablemente no había cambiado desde entonces. La casa de Pilar se encontraba a dos calles de aquella diminuta iglesia blanca cuyo techo requirió del martirio de los últimos cactos del valle.

Dicha casa tenía solamente una pieza que servía a la vez de cocina, comedor y sala de estar, y otra pieza cuya finalidad era de ser el dormitorio asimismo que de rudimentario baño. Nada extraordinario en verdad, de no haber sido por la decoración de las piezas. No había mueble o estante alguno que no estuviera recubierto de vasijas, keros o platos precolombinos. Se podía apreciar una magnífica vasija ceremonial policromática Huari, una concha Spondylus del Ecuador, una magnífica vasija funeraria antropomorfa Chancay en su típica coloración blanco y negro, un pedazo de hueso de mastodonte excavado en Monte Verde, una vasija del estilo Tiwanaku con forma de cabeza humana bigotuda, una punta de flecha de obsidiana en forma de hoja encontrada en la quebrada de Tiliviche, una vasija utilitaria estilo Moche cubierta con motivos guerreros, una vasija de libaciones estilo Moche fase IV, una vasija de cerámica con incisiones de la cultura Paracas con motivos típicamente del estilo Chavín de Huantar y muchísimas cosas y artefactos más que no supe clasificar por falta de cultura.

Sobre la mesa del comedor pude apreciar un plato hondo estilo Nazca, con unos colibríes frente a unas flores como motivos decorativos, lleno de camarones macerando en un líquido claro semitranslúcido. Un olor a cebolla persipiraba por toda la casa. Consultada sobre el contenido de la vasija Nazca, Pilar me aclaró que ayer había comprado unos camarones, unos ajíes PM, unas cebollas, unos tomates, unaa lechuga y un kilito de limones del oasis de Pica. Había desvenado y cortado los ajíes, eliminado las pepas y arrojado el todo a la vasija. Las cebollas habían sido peladas y cortadas en pequeños cuadritos muy finos que se habían unido a los ajíes. Los camarones habían sido empiluchados, es decir, desvestidos de sus caparazas y bien revueltos en la misma vasija Nazca. Todo ese menjunje había sido cubierto por el jugo de los limones de Pica y dejado al trabajo sin piedad del tiempo.

Pilar procedió a terminar la elaboración de este apetitoso manjar frente a mis atónitos ojos. Tomó dos keros estilo Tiwanaku fase 5 y en cada uno dispuso cuatro hojas de lechuga de distintos tamaños. Según aclaró Pilar las cuatro hojas de lechuga representaban las cuatro provincias de Tahuantinsuyu, la tierra de las cuatro provincias, es decir, Collasuyu, Chinchaysuyu, Cuntisuyu y Antisuyu.

Cuatro tomates bien maduros fueron partidos en pequeños cuadritos y sacrificados en roja orgía dentro de la vasija Nazca. Un buen sorbo de ketchup cubrió el todo. Ante mis airados reclamos provocados por semejante intromisión foránea dentro de un plato tan autóctono Pilar contestó sabiamente que no se podía dejar la realidad de lado y que esa realidad, querámoslo o no, era que Tahuantinsuyu ya no existía, que estábamos en los últimos años del siglo, y lo que es peor, del milenio, que el planeta se había achicado y que ahora éramos una colonia gringa y ya no más un territorio Inca. Con una fuerte cuchara de madera de boldo revolvió el contenido de la vasija Nazca hasta que la mezcla quedó homogénea.

Tomamos un par de mantas Diaguitas y nos pusimos nuestros ponchos de lana de vicuña. Pilar tomó la vasija Nazca con el cebiche y los dos keros Tiwanaku fase 5 con las cuatro hojas de lechuga mientras yo tomaba una vasija de cuello larguísimo representando mujeres con pájaros en las manos del último estilo imperial Inca llena de chicha de maíz hecha personalmente por mi afitriona y otros dos keros ChenChen fase Omo y salimos caminando de la casa.

Seguí los pasos descalzos del altar cobrizo que iban agradeciendo con un beso a la Pachamama el placer simple de cada paso.

Mientras sus besos nos encaminaban hacia la pukara de ChiuChiu bajo el silencio del viento miriadas de estrellas daban su beneplácito a nuestra jornada.

Subimos piedra por piedra, pared por pared, terraza por terraza hasta llegar a una terraza bien cobijada del viento, cubierta de estrellas y alejada de la mirada de algún muy eventual transeunte. Pilar tendió las mantas Diaguitas sobre el suelo y procedió a servir cuidadosamente la chicha de maíz y el cebiche de camarones.

Pilar me contó del pasado, del esplendor de Cuzco capital imperial de Tahuantinsuyu, de Machu Picchu, la más alta vasija que contuvo el silencio, del volumen místico de El Paraíso, de la magnificencia del Castillo de Chavín de Huantar, del sacrilegio profanatorio realizado por la chusma a la Huaca del Sol, de la experiencia de pasar bajo la Puerta del Sol en Tiwanaku, de ChanChan, capital de Chimor, de las gentes que allí vivían, del camino del Inca recorrido los pies decalzos, del estricto orden político Moche y de su gran libertad sexual, de las conquistas Incas y de su represivo orden social y moral, de las múltiples procesiones Nazca siguiento caminos en el desierto sólo entendibles por el Sol, la Luna y las estrellas, y de tantas cosas más.

Los camarones estaban deliciosos y la chicha de maíz surtía sus efectos. Nos dió calor.

Cobijados bajo un manto de estrellas y lana de vicuña las sequedades de nuestras pieles, nuevamente unidas, mi piel de nácar y su piel de arcilla entrelazadas, llamaron a la rocosa cordillera para que vertiera su don de vida líquida en las sequedades de los recovecos de la arcilla y del cobre.

Piel contra piel bajo un manto de luz Pilar me contó del futuro. De un futuro en el cual los hombres caminarían nuevamente por las sequedades cubiertos de estrellas siguiendo los invisibles caminos de la Pachamama, de un futuro en el cual la dulce raza hija de las sierras nos enseñe el por qué olvidado de nuestras vidas y la belleza simple de una sonrisa, de un futuro en el cual Descartes discurre libremente sobre la wankara, de un futuro en el cual todavía maravillarnos de un amanecer en la pampa, de un futuro en el cual la tierra habrá sido por fin reencantada y de las muchísimas tareas y jornadas por emprender.

Recuerdo tanto y tan poco a la vez de dicha velada. Una cosa si quedó muy profundamente grabada en mi ser; nunca más podré volver a mirar una Sun3/80GX como lo hacia antes. Ya no es lo mismo...


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