Copyright © 1993-2008 by Le Vieux Coq
All rights reserved. No part of this book covered by the copyrights hereon may be reproduced or copied in any form or by any means - graphic, electronic, or mechanical, including photocopying, recording, or information storage and retrieval systems - without written permission of the author.
L'amour est tout, - l'amour, et la vie ou le soleil.
Amour est le grand point, qu'importe la maîtresse?
Qu'importe le flacon pourvu qu'on ait l'ivresse!
Alfred de Musset, La Coupe et les Lèvres
2.- Largo
Se ruega al imaginativo lector considerar el siguiente escenario, que si bien adolece de ser altamente hipotético, no por eso deja de ser perfectamente factible. Supongamos una lluviosa noche de sábado, ubicada cronológicamente a mediados de un frío invierno. Son las 8:14:37 PM. Ud. se encuentra solo en casa y, desgracia entre las desgracias, sin ningún panorama.
3.- AllegroEn forma completa y absolutamente imprevista suena el timbre de su casa.
Der FrühlingA la vez extrañado y sorprendido, Ud. abre la puerta, para encontrarse cara a cara con dos bellas señoritas. La primera ostenta una larga cabellera rubia, que desde lo alto de sus 1.75 [mts] hubiese dejado pasmado a Wagner y loco a Nietzsche. Un par de ojos azules, como cristales abiertos a otros cielos y a otros mares, adornan una cara simplemente perfecta, toda cubierta de aquella piel de oro que misteriosamente huele a pan recién sacado del horno. Un collar, un par de minúsculos aros y un anillo, todos de plata lunar y lapizlázuli azul profundo, componen su maquillaje. Un corto abrigo de coipo a la vez protege del frío a esta encarnación de rayos solares y cubre un vestido de seda negra que no es más que una mítica vela vikinga dentro de la cual flota y viaja simultáneamente aquel cuerpo delgado y flexible que Ud. medio adivina y medio aprecia. A mitad de pierna surgen dos largas y pulidas medias negras que descienden hasta un par de zapatos negros resplandecientes, como el humo negro de una chimenea fluye hacia una noche estrellada sin nubes ni luna.
A la izquierda de dichos trozos de noche hechos vidrio Ud. aprecia dos medias de lana chilotas en cuya lana todavía se percibe el calor de aquellas manos chilotas que al hilarla y tejerla dejaron impregnado su calor suave junto con el fuego áspero del fogón. Ud. divisa los pilotes que separan aquellas casas de madera desteñidas por tanta lluvia de aquel mar terrible que los nutre en los motivos del tejido de esas medias. Bajo cada media, una suela de cuero es el nacimiento de unos lazos de cuero que dan vueltas y vueltas, al principio alrededor de cada media pero terminan en un fuerte nudo sobre esa piel canela de aquellas pantorrillas. Aquellas pantorrillas heredadas de generación en generación de mujeres esforzadas, luchadoras y fieles a la tierra, a su tierra. Aquellas pantorrillas que huelen a lana chilota, a sudor, a cuero húmedo, a curanto, a fogón, a lágrimas, y a otros tantos olores, que extrañamente lo enternecen y entristecen a Ud. Un poncho mapuche de tristes colores y todo mojado con el peso de tantos años desde entonces cubre el resto de aquel cuerpo dejándolo a Ud. con una lágrima al borde del ojo. Del poncho surge una cara chiquita, bien proporcionada, alegre, sin malos pensamientos, sin joyas ni maquillaje, en la cual dos ojos negros lucen todavía los reflejos de otros tiempos más humanos. Finalmente, una cabellera negra resplandeciente baja como cascada de obsidiana hasta el poncho.
2.- Largo
Aprovechando que Ud. está jugando
Billar de Bolsillo
se pellizca una bola para asegurarse de que está verdaderamente despierto y de que
esto no es un sueño. Afortunadamente y dolorosamente, no es un sueño,
sobretodo al reconocer Ud. a esas dos compañeras de {oficina, clases, gimnasio}
que medio en broma y medio en serio le pidieron su dirección y dijieron que vendrían
a visitarlo algún día cualquiera de esos días cualquieras.
En un relámpago de lucidez, Ud. entiende absolutamente todo lo delicado de la situación, y decide no buscar métodos de engrupe cortoplacistas y fáciles, y opta por el camino de largo plazo, que si bien requiere de mayores esfuerzos es el que trae los mejores dividendos. Mientras Ud. hace pasar a las dos bellas señoritas y las invita a ponerse cómodas ya está pensando en la gran pregunta de aquella noche: ¿Cuál receta va a cocinar?
3.- AllegroEfectivamente, esa es la gran pregunta, pues es bien sabido que el amor, entre otras cosas, entra primero por la boca, es decir, mediante un suculento platillo cocinado por el cortesano. Nada de esos viejos preceptos machistas de que la cocina es sólo para mujeres y otro tipo de estupideces similares. Además, para colmo, estamos en pleno siglo XX, tendiendo al próximo siglo y milenio, sea dicho de paso. La pregunta es compleja. Como ya optamos por el método de largo plazo, y desechamos las porquerías baratas, no vamos a usar ninguna de las autodenominadas recetas de la Nouvelle Cuisine ni otros tipos de arte surrealista. Tampoco tenemos el tiempo suficiente como para preparar la mayoría de las recetas tradicionales dado que requieren de mucho tiempo para su elaboración, desde varias horas hasta algunos días. Por lo tanto, se requiere de una receta que sea de gusto de las dos señoritas, es decir, que sea delicada y sofisticada por un lado, pero que por el otro lado sea natural y simple. Acordémonos de las inmortales palabras del sabio japonés Hoiguita Tekojo, cuando escribió en el retrete de un famoso restorán de la autodenominada Nouvelle Cuisine las siguientes palabras:
Por muy valiente que seas
o por muy macho que te hagas,
al llegar aquí te cagas
o, por lo menos, te meas.
La respuesta a la pregunta es clara como la luz del sol a la salida de un túnel a medio día en verano. Lo que se debe cocinar son Choros al Vapor. Una receta tradicional, delicada y simple, elegante y natural, todo a la vez, y por el precio de una. Lo ideal para la ocasión.
Der SommerIngredientes necesarios para esta receta considerando tres (3) comensales:
Mientras todos estos pensamientos transcurren rápidamente por su mente, las dos señoritas han entrado en su casa. Ud. ha cerrado la puerta de la calle, ha recogido y colgado el abrigo de coipo y el poncho, y ha puesto en marcha el equipo de música con las Cuatro Estaciones. Ahora Ud. puede apreciar que la segunda señorita usa un vestido de lino negro de corte muy simple y que lleva en su exuberante pecho izquierdo una de esas pequeñas artesanías de plata mapuche llamadas trapelacuchas. Bajo el pretexto que los zapatos nuevos la molestaban, la primera señorita se ha quitado los zapatos y argumentando que sus medias y sandalias de cuero estaban mojadas la segunda señorita también se los ha sacado, pero ahora se ha arrodillado frente al fuego de la chimenea para colocar sus prendas de manera que se sequen, dándole a Ud. una perfecta vista para determinar que efectivamente no usa ropa interior íntima.
2.- AdagioUd. se acerca a las dos bellas señoritas con un vaso de Martini Rosso en cada mano, se los entrega y, tomándolas a cada una de la mano, procede a llevárselas a la cocina. La señorita de rubia cabellera ha de pelar ajos y cortarlos en dos o tres pedazos, o quizás más, según su humor, mientras la señorita de la cabellera de obsidiana ha de usar el recuerdo de tantas injusticias durante tantos años para no desperdiciar las lágrimas producto de pelar y cortar en finas rebanadas las échalotes. Mientras tanto, Ud. hace despliege de virilidad y destreza al lavar y limpiar con un cuchillo los choros de manera que queden bien limpiecitos por fuera, eliminando los pelos que sobran, los picorocos pegados en su concha y otros cuerpos extraños e indeseables. Lo menos que don Manuel Antonio Carreño, el ilustre venezolano, pediría son unos choros limpiecitos y presentables.
Ud. tomará nota mientras limpia los choros de que éstos en Chile suelen venir en dos tipos: los morenos y los rubios, siendo los primeros los más abundantes de lejos. Interesantemente, en los EE.JJ., los choros green shelled mussels suelen venir también en dos variedades: rubios o rojizos, siendo los primeros los más abundantes. También existen en dichas tierras unos choros más chicos y todos morenos, pero parecen no ser tan apreciados como los anteriores. Es importante notar, que para los efectos de esta receta, todos los tipos de choros recién mencionados dan buenos resultados, siendo materia de gustos personales cuáles se han de escoger.
Mientras prosigue limpiando los choros, Ud., de reojo y con sumo cuidado, no puede hacer otra cosa que notar que la encarnación de rayos solares usa portaligas negros para sujetar sus negras medias bajo su negro vestido de seda. Solamente ante la real posibilidad de perder un dedo Ud. deja de admirar aquel cuerpo delgado, flexible y dorado.
Una vez los ajos y las échalotes pelados y cortados, Ud. deja de limpiar los choros por un instante, tomando a cada una de las señoritas por la cintura, para indicarle a la dorada entidad cuáles de las botellas de vino blanco seco que Ud. siempre mantiene en su refrigerador tiene que abrir y para mostrarle a la naturaleza morena en cual olla se deben poner a freír los ingredientes.
3.- PrestoMientras Ud. termina de limpiar los choros, esa mujer morena toma la olla, la pone sobre la cocina, enciende la cocina, vierte un sorbo de aceite de oliva bien verde y bien virgen en la olla, agrega el ajo y las échalotes, espolvorea con un poco de tomillo, orégano y romero, deja caer un dejo de pimienta negra, y cantando viejas canciones cantadas por tantas mujeres a la espera de sus hombres en la mar, revuelve la mezcla mientras se fríe con una cuchara de palo. Y esa canción es la fuerza motriz del olor a échalotes y ajo fritos que empieza a invadir primero la cocina y después la casa. Esa canción mueve otros olores. Olores a tempestades marítimas, a algas abandonadas sobre la playa, a pan recién sacado del horno, a tierra húmeda, a lana secándose frente a un fogón y a sudor de mujer trabajando. Mientras ese olor invade el espacio, Ud. mira fijamente aquel suave seno moreno que se deja ver entre los recovecos de lino negro moviéndose lentamente al ritmo de las vueltas en ocho de la cuchara de madera siguiendo el ritmo de la canción.
Estando fritos los ajos y las échalotes, Ud. baja el fuego, agrega los choros y una botella de vino blanco seco, tapa la olla, y deja que, producto de la acción del vino blanco y del calor ambiental, los choros suavemente se abran uno a uno, a su debido tiempo. Ud. lleva otra botella de vino blanco seco a la mesa y procede a servir los vasos de las comensales, mientras les indica su lugar. Después, Ud. vuelve a la cocina para dar vuelta los choros en la olla con la cuchara de palo. Mientras Ud. vigila antentamente la apertura de los choros, ese olor suave, melancólico y pegajoso se extiende y propaga a toda la casa, dándole un aspecto primitivo, original, acogedor y libre. Como en todas las cosas, siempre existen algunos choros que se resisten a abrirse. No importa. No deje que se recuezan los demás. En cuanto la mayoría de los choros estén abiertos, Ud. levanta la olla y se la lleva a la mesa.
Der Herbst
Las dos bellas señoritas y Ud. ahora proceden a disfrutar de este delicioso plato, que tiene que comerse, obviamente, con las manos, los dedos, los brazos, el cuerpo y el alma. Mientras comen, el olor a choros tibios recién abiertos, a tempestades marítimas, a algas abandonadas sobre la playa, a pan recién sacado del horno, a tierra húmeda, a lana secándose frente a un fogón y a sudor de mujer trabajando, se expande y se hace denso, adquiere consistencia física, y rodea como espesa neblina la mesa. Con atención se pueden divisar en la lejanía barcos veleros que se perdieron hace mucho tiempo y que aún no vuelven a puerto. Viejas canciones de mujeres pescadoras se escuchan a lo lejos mezcladas con los gritos de las gaviotas, el sonido de las olas muriendo sobre la playa y del viento jugueteando entre los pilares de las casas.
2.- Adagio moltoComo Ud. es un caballero, no prosigue con el relato de esta interesante velada, pero se deja a la imaginación del romántico lector completar el resto de aquella homérica y lluviosa noche de invierno.
3.- Allegro molto
Mais qui peut arrêter l'impétuese ivresse
D'un coeur brûlant d'amour et que le plaisir presse!
Antoine Bertin, Les Amours
Copyright © 1993-2008 by Le Vieux Coq
Volver a la página principal - Papeleta para una nueva entrada
Le Vieux Coq - moi@levieuxcoq.org