Copyright © 1993-2008 by Le Vieux Coq
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Nuestro tema es
para recordar.
Nuestro tema de amor
tiene quebranto
pero su empeño
sana el dolor.
Nuestro tema de amor
nos cuesta tanto
que ya es un sueño
y una canción.
Ciudad de Panamá había demostrado, en los cuatro atareados días que llevaba en el Hotel El Panamá, ser un gran bazar. A pesar de dedicar la mayor parte de las jornadas a asistir al curso de perfeccionamiento en Solaris 2.0, objeto de mi viaje, me había alcanzado el tiempo para palpar aquella efervescencia mercantil en la atmósfera de esta ciudad mercado compartida por judíos ortodoxos, hispanos, chinos, gringos y gentes nativas. Toda la ciudad vivraba, vivía y respiraba con el único propósito de realizar negocios. Mejor dicho, deals. Uno presentía que todos los productos eran transables, que cualquier servicio se ofertaba y que absolutamente todo era materia negociable.
Mi unicornio azul ayer se me perdió
Y yo no tengo más
que un unicornio azul.
Saberla compartir
era su vocación.
¡Cuán lejos encontraba yo aquel consumismo febril de mis ideales de una sociedad más justa y humana! ¡Cuán distante aquel materialismo obsesivo del humanismo renacentista que profesaba! ¡Cuán fuera de lugar mis ideales socialistas en este templo del mercado! ¡Cuán chocante el contraste entre la amabilidad y gentileza tan natural a los hijos de Panamá con este frío mundo mercantil! Poniendo buena cara al mal tiempo me había dedicado a tratar de entender este país dos veces independizado y aún a la espera de independizarse de los gringos. Un calor agobiante y una humedad omnipresente lo envolvía todo obligando a la siempre presente búsqueda de aquellos prometéicos islotes de aire acondicionado.
Sólo el amor alumbra lo que perdura.
Sólo el amor convierte en milagro el barro.
Sólo el amor engendra la maravilla.
Siguiendo la ya bien establecida tradición decidimos salir a celebrar el fin del curso todos juntos el último día de clases. Nuestros colegas panameños, tras una animada discusión sobre las ventajas comparativas de Le Palace y del Josephine's, nos recomendaron una visita a este último. Ubicado entre las calles 50 y Uruguay, convenientemente a unas dos cuadras tanto del hotel como de la oficina, el Josephine's presentaba la más respetable de las apariencias por fuera. Indistinguible de un restaurante o de una disco de buena categoría con su estacionamiento con valet.
Con un poco de amor sobrevivo.
Sobrevivo pecado, castigo.
Con un poco de amor yo me salvo.
Soy yo mismo, soy tu, soy aquel.
Un mozo vestido con un impecable gilet rojo y blanco, corbata mariposa negra, pantalón y zapatos negros y camisa blanca guió a nuestro heterogéneo grupo a unos sillones estratégicamente ubicados ni muy lejos ni demasiado cerca del escenario. Nuestra compañía la componían un portorro, tres dominicanos, un tico, dos peruanos y el chilenito quien escribe. Cinco minutos más tarde el mozo depositaba una botella de ron cubano y otra de CocaCola sobre la diminuta mesa de centro al lado de una pequeña nota de cartón en la cual se podía leer Table Dancing - $10.
Si no creyera en el delirio
La velada fue espectaculear.
Me estremeció la mujer que...
Me estremeció la mujer del poeta del caudillo.
Me han estremecido un montón de mujeres.
Mujeres de fuego. Mujeres de nieve.
Los artísticos desfiles de las bellas modelos erán despampanantes. La coreografía muy estudiada y las niñas bastante bellas. Entre sus respectivos actos las bellas damas nos honraban con su compañía siempre y cuando fueramos lo suficientemente amables como para colmarles su insaciable sed. Fue una verdadera emoción descubrir que cada tres cuartos de hora estas refinadas cortesanas se subían a la mesa de centro y bailaban mientras se desvestían frente a nuestros atónitos ojos, o a veces, se desvestían paulatinamente sobre nosotros mismos. La vista de dos docenas de bellísimas mujeres bailando desnudas sobre y alrededor de nosotros fue algo realmente meritorio.
Nuestro tema está
contado con arenas,
espuma y aves del amanecer.
Nuestro tema está
listo para ser
presa de las alas migratorias.
Nuestro tema es
para ver llover.
La velada prosiguió su maravilloso curso hasta que una mujer ostentando un sombrero negro sobre su alto porte, un par de guantes negros, unos botines negros y un reducido bikini del mismo negro apareció sobre el escenario. Quedé boquiabierto. ¡Aquel tremendo pedazo de mujer era justamente lo que el doctor me había recetado! Un pelo negro cortado a lo Príncipe Valiente, unos ojitos lúcidamente claros, una piel blanca pero dorada y un cuerpo firme acostumbrado al trabajo y a la vez noblemente altivo me cautivaron. Seguí su número con los ojos fijos tratando de capturar la esencia de aquel pájaro enjaulado.
Que me tenga cuidado el amor
que le puedo cantar su canción.
Una mujer con sombrero
como un cuadro del viejo Chagall.
Corrompiéndose al centro del miedo.
Y yo que no soy bueno me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mi.
Y ahora lloro por verla morir.
Pero entonces lloraba por mi.
Y ahora lloro por verla morir.
Una vez terminado el número le solicité al mozo que la invitara a acompañarnos. Llegó a los pocos minutos ligeramente vestida con un short negro, una camisa de una negrura flotante y una tímida sonrisa. Dijo llamarse Bárbara, estar en su primera noche de trabajo y haber llegado hace dos días de Cuba. Apagamos su sed y bailó sobre la mesita para nosotros. Conversamos el resto de la noche sobre muchas cosas intrascendentes, entre baile y baile. Me contó cuales erán sus recetas favoritas y como ella las preparaba. Resultó ser una insigne cocinera. Me fuí acostumbrando a la suavidad de su piel, a la melancolía de sus recetas y a la tristeza del fondo de sus ojitos. Ella accedió a cocinar para mi si me hacía cargo del pequeño detalle de cancelar su pase de salida, cosa que hice prontamente a pesar de lo salado que me salió el mentado detallito.
Una mujer se ha perdido.
Conocer el delirio y el polvo.
Se ha perdido esta bella locura.
Su breve cintura debajo de mi.
Se ha perdido mi forma de amar.
Se ha perdido mi huella en su mar.
Media hora más tarde Bárbara y yo nos encontrábamos en un taxi llegando a un edificio de reciente construcción en el barrio de El Chorrillo. Durante la invasión de Panamá los gringos habían bombardeado el área y todo el barrio había quedado destruido. Construyeron edificios para los sobrevivientes y ahora el barrio se veía un poco menos pobre que antes aunque la miseria seguía siendo la misma. El departamento que Bárbara arrendaba tenía apenas un living/comendor/cocina, un baño y un reducido dormitorio. Aunque ya era la 1:00 de la madrugada Bárbara puso un casete de Silvio Rodriguez en un reluciente equipo estéreo portátil que era el único adorno de la mesa y para combatir el húmedo abrazo del calor se quitó los zapatos, el short, la camisa y el sostén quedándose sólo con los calzones puestos.
Y como pasa el tiempo
que de pronto son años.
Sin pasar tu por mi,
detenida.
Te doy una canción,
se abre la puerta.
Y de las sombras sales tú.
Yo me había sentado en una de las dos sillas metálicas y ahora con los codos sobre la mesa tenía la vista fija sobre Bárbara. Me quedé inmóvil viendo como Bárbara silenciosamente tomaba un par de cocos, abría una gaveta para sacar un serrucho, sujetaba el primer coco con la mano izquierda y con la derecha serruchaba un coco de manera de cortarlo a unos dos centímetros de su tope. Su frente se cubrió con la sal en perlas de su sudor, sus brazos mostraron la fuerza acumulada de tantas zafras y sus firmes senos ondularon suavemente al ritmo de su esfuerzo. Desde el fondo de mi estupor inmóvil admiraba aquella escena con el placer de saber que era una visión prohibida. Una visión robada a la luz del delirio. Su olor a banano verde me envolvió cuando ya había cortado la mitad del segundo coco. Bárbara puso los dos cocos con sus tapas en la mesa, abrió el refrigerador para sacar un plato de camarones crudos, otro de pulpa de coco y una botella de un líquido de la consistencia de la crema que resultó ser leche de coco.
Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
como a otra figura que recuerdo de ti.
Veo más, veo que no me halló
Veo más, veo que se perdió.
La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias.
Se quedan allí,
ni el recuerdo los puede salvar.
Ni el mejor orador conjugal.
De una gaveta sacó un frasco de pimienta verde y con todo aquello se sentó frente a mi en la mesa. Bárbara sacaba las caparazas de los camarones una a una y los iba depositando en los cocos alternadamente, junto con un pedazo de pulpa de coco. Sus manos se movían sigilosamente afanadas en sus quehaceres. La luna llena entró por la ventana para cubrir de plata su frente. Una gota de sudor navegante de la suavidad del valle entre sus dos senos quedó suspendida un instante como una lágrima de nacar de un mágico collar. La gota de plata lunar decidió escaparse hacia su minúsculo ombligo cuando Bárbara arrojó un par de granos de oro verde de pimienta a cada coco. Volví a llenar mi vaso con aquel ron mágicamente aparecido sobre la mesa. Sentí una gota de sudor bajar por mi columna y decidí sacarme yo también la ropa. Paulatinamente y con mucho cuidado de no caerme me quité la ropa bajo la mirada triste de los ojos claros de Bárbara.
Compañeros poetas,
tomando en cuenta los últimos sucesos
en la poesia,
quisiera preguntar.
Me urge.
¿Qué tipo de adjetivos
se deben usar para hacer
el poema de un barco
sin que se haga sentimental,
fuera de la vanguardia?
Fue evidente panfleto;
si debo usar palabras
como flota cubana de pesca
y Playa Girón.
Compañeros de música,
tomando en cuenta esas politonales
y audaces canciones,
quisiera preguntar.
Me urge.
¿Qué tipo de armonía
se debe usar para hacer
la canción de este barco
con hombres de poca niñez?
Hombres y solamente
hombres sobre cubierta.
Hombres negros y rojos,
y azules los hombres que pueblan
el Playa Girón.
Compañeros de historia,
tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad,
quisiera preguntar.
Me urge tanto.
¿Qué debiera decir?
¿Qué fronteras debo respetar?
Si alguien roba comida y después dá la vida?
¿Qué hacer?
¿Hasta dónde debemos
prácticar las verdadres?
Hasta donde sabemos,
que escriban pues la historia,
su historia, los hombres
del Playa Girón.
Compañeros cocineros,
tomando en cuenta los últimos sucesos
en la cocina,
quisiera preguntar.
Me urge tanto indagar.
¿Qué tipo de aliños
se deben usar para hacer
coco relleno de camarones
sin que se haga sentimental,
fuera de vanguardia?
Fue evidente hamburguesa;
si debo usar aderezos
como flota cubana
de pezca de camarones,
y leche de coco
en el Playa Girón.
La seguí mirando fijamente aún cuando sentía que me transformaba en una gota de nacar en la base de su cuello. Mientras Bárbara llenaba de camarones desnudos y trozos de blancura hechos pulpa los cocos, yo ya había sido una minúscula gota de roció lunar suspendida entre el labio y la nariz de Bárbara. Cuando terminó de llenar los cocos yo ya había tiernamente recorrido el largo camino suave del valle entre su cuello y su ombligo. Ella estaba virtiendo leche de coco en los cocos mientras yo humedecía la fertilidad del lóbulo de su oreja izquierda. Cuando se paró a buscar harina y agua para mezclarlas en un plato yo sentí el vértigo infinito de caer mojado a lo largo de su columna antes de morir enternamente entre sus nalgas. Mientras amasaba la masa fuí esa gota de sal lunar que una lengua caliente, roja, húmeda y ávida fue a buscar en la comisura de sus labios para convencerse del sabor de su propia vida. Cuando cerró los cocos al ponerles la tapa y sellarlos herméticamente con la masa fuí la plenitud del manto de plata, nacar y sales lunares que la vestía.
Pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido.
Lo que más me ha estremecido.
Son tus ojitos mi hija
Son tus ojitos divinos.
Bárbara se levantó, puso los dos cocos rellenos en una bandeja de vidrio Pyrex y puso el conjunto en el horno a 350 °F. Volvió con un vaso en su mano. Se sentó frente a mi. Rellenó los vasos de ron. Se sirvió un fuerte trago. Unas lágrimas mucho tiempo retenidas brotaron de sus ojitos. De a sorbos. Sin escándalo. Salieron naturalmente y cubrieron decididamente sus mejillas. La dejé llorar. Puse mi vaso entre sus senos para capturar una gota de sudor viajera. Suavemente recogí las lágrimas peregrinas de sus mejillas. Ví la sal de su vida disolverse en mi ron. Mirando fijamente el lago de la tristeza de sus ojos bebí la amargura de su vida, bebí la sal de su trabajo, bebí su dolor y sus penas. Las palabras brotaron dolorosamente, de a borbotones. Poco a poco nacieron con menos dolor. Paulatinamente el desahogo de las frases tanto tiempo prisioneras amainó el manatial de las penas de sus ojos.
Yo te quiero libre.
La libertad
nació sin dueño.
¿Y yo quien soy para colmarle
cada sueño?
Yo te quiero libre
y con buena fe.
Libre de otras penas
libre de mi.
Bárbara me contó de Cuba. De su familia. Me contó del hambre. Me contó de abuelitas dejándose morir para que los nietos puedan repartirse su ración. Me contó de niñitas vendiéndose por migajas para poder comer. Me contó del hambre. Me contó de tantos ideales de lucha destrozados por la dura realidad. Me contó del Patriarca. Me contó de la esperanza muerta. Me contó del miedo a los gusanos. Me contó de los logros de la Revolución ahora en peligro. Me contó de los privilegios de algunos. Me contó del orgullo testarudo del pueblo ante el imperialismo gringo. Me contó del daño causado por el bloqueo. Me contó de su hermano que aún yace en alguna parte de Angola. Me contó de los que decidían navegar por las inciertas aguas de la muerte para nunca más volver. Me contó del hambre.
Esperando por ti.
Y se siente en la conversación.
O será que tengo la impresión que la ausencia de ti.
Y reir y reir.
Madrugadas sin ir a dormir.
Si es distinto sin ti, muy distinto sin ti.
Como un libro salvado del mar.
Lloré. Lloré como un niño que acaba de quebrar su único juguete. Lloré como no había llorado en décadas. Lloramos juntos. Abrazados. Hermanos en nuestro llanto. Sus lágrimas regando mi fuerte espalda y mis lágrimas fertilizando la ternura de sus hombros. Llorábamos aún cuando el cronómetro del horno sonó.
Nuestro tema está
en el comedor de un hotel
que se ha quedado solo.
Nuestro tema es
una magia de amor.
Nuestro tema de amor
tiene quebranto
pero su empeño
sana el dolor.
nuestro tema de amor
nos cuesta tanto
que ya es un sueño
y una canción.
Bárbara se levantó, se puso guantes, sacó los cocos del horno, puso la mesa rápidamente, sirvió un coco para cada uno, rellenó de ron los vasos y delicadamente dejó caer una lágrima suya en mi vaso mientras estallaba bajo una risa terrible sin dejar de llorar. El plato estaba muy caliente pero era absolutamente delicioso. Los camarones se habían cocido nadando en la leche de coco y los granos de pimienta verde daban un aroma sensualmente exótico. Cenamos los dos, frente a frente, desnudos, sólo con la luz de la luna llena alumbrando nuestras lágrimas y nuestro sudor, con los camarones al coco emborrachándonos, con el aroma del ron propagando la erección de nuestros pezones y con un destello de esperanza alumbrando el lago tristemente melancólico de nuestros ojos.
Nuestro tema está
desnudo en un balcón
fotografiando espinas de la mar.
Nuestro tema está
viéndonos contar
versos a las seis de la mañana.
Nuestro tema es
para recordar.
Nuestro tema de amor
tiene quebranto
pero su empeño
sana el dolor.
Nuestro tema de amor
nos cuesta tanto
que ya es un sueño
y una canción.
La luz pura del amanecer nos encontró degustando los últimos bocados de tan delicado manjar. Aquella claridad nos trajo la esperanza de que el futuro no era ni Cuba no Panamá. Nos trajo la esperanza de un futuro digno. De un futuro en el cual no tengamos que vendernos. En el cual haya justicia y respeto pero no sumisión ni explotación. Nos trajo la certidumbre de que tal futuro existía y de que valía la pena seguir creyendo en él. De que el futuro aún podía ser mejor. De que el futuro sería mejor.
Una mujer innombrable
huye como una gaviota.
Y yo rápido seco mis botas,
blasfemo unas notas
y apago el reloj.
Me vestí y me despedí rápidamente para no perder el avión que me llevaría lejos. Le prometí a Bárbara que algún día, en alguna parte, cocinaría algo para ella. Aún no la he vuelto a ver.
Al final de este viaje.
Cierta agilidad con que el sol te dibuja.
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