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Que las buenas personas bien puritanas tengan el favor de perdonarme porque esta receta está dedicada a otro tipo de buenas personas, que aunque no sean muy puritanas son muy bellas personas.
Si a alguna buena persona le provoca ataque de caspa y urticaria aguda, complicado de
un fruncimiento irreversible de la nariz, la sola mención de las
señoritas de vida fácil
,
se le recomienda fuertemente saltar a la próxima receta de esta recopilación,
puesto que será mucho más de su agrado.
Antes que todo, quisiera tomar de asalto esta oportunidad para recriminar en contra de las
expresiones
señoritas de vida fácil
y
señoritas de vida alegre
,
dado que el tipo de vida que llevan dichas señoritas dista mucho de ser fácil y/o alegre.
Buenas gentes, ¿díganme si acaso se le puede llamar vida fácil a tener que
desvertirse en un escenario oscuro, usando tacos altos, bajo focos enceguecedores, bailando y el
todo tres a cuatro veces por noche? ¿Noche tras noche? Con razón se mantienen en
buen estado físico y con un cuerpo, sino enviadiable, al menos presentable. ¿O si
acaso se le puede llamar alegre al juego de pasearse por las esquinas de Santiago con reducida
vetimenta a altas horas de la noche en pleno invierno tratando de que los
tiras
no se queden con el fruto del sudor de sus piernas? No hay nada de fácil ni de alegre en
el camino escogido por estas señoritas. A decir verdad, tampoco lo escogieron en la
mayoría de los casos. Simplemente la vida es dura
and the show must proceed.
Los sucesos que a continuación procederé a relatar acaecieron aquella tarde de
diciembre cuando Pancho, Eduardo y yo tuvimos la agradable, aunque no totalmente inesperada,
sorpresa de saber que acabábamos de eximirnos del examen de CC-361
Principios de Lenguajes de Programación
,
y que por lo tanto podíamos dar por finiquitado un semestre más en la
Universidad.
Habíamos terminado con todos los ramos, aunque en algunos pocos casos eran más bien
los ramos los que habían terminado con nosotros.
El verano se extendía frente a nosotros en su inmaculada y radiante flojera. La perspectiva de un par de meses dedicados a la fotosíntesis diaria y a la actividad predatoria nocturna, tales vulgares reptiles, nos parecía nada menos que un lujo faraónico considerando los diez meses de reclusión en el monasterio de Beauchef.
Nada más natural entonces que la proposición de Eduardo;
--
Puta
cabros,
salgamos a celebrar que esta
huevada
se acabó
.
-- ¿A dónde
putas
vamos?
-- preguntó Pancho con toda inocencia.
-- En Brazil conozco una casa de masajes
regüena
--
dije yo considerando que con nuestros magros recursos estudiantiles
no nos alcanzaba para algo de mayor categoría, como el Zeus por ejemplo.
-- No creís que queda un poco lejos,
pus
huevón
-- acotó Pancho, al vuelo y sin pensarlo, como de costumbre.
-- ¿Y desde cuando
vos
conocís Brazil?
-- replicó Eduardo.
-- ¡No
huevones!
¡No Brazil! ¡La calle Brazil!
-- aclaré delicadamente.
-- ¡Ah...! Esa
huevada
queda super cerca,
pus
huevón
-- explicó pedagogicamente Pancho.
-- ¿Qué estamos esperando entonces
huevones?
-- preguntó decisivamente Eduardo.
-- ¡La
raja!
-- exclamé
-- ya estaba
cabreado
de la Maria Manuela
.
De esta forma nuestro distinguido trio emprendió aquella memorable jornada, sin sospechar en lo absoluto los extraños rumbos que el destino, bajo la mano de Lachesis, nos deparaba.
Mientras el sol amenazaba con esconderse enfilamos por la calle República, pasamos frente
al fálico símbolo de la disco Éxtasis hasta llegar a la Alameda, la cual
cruzamos para encontrarnos en el lado izquierdo de la calle Brazil. Por suerte no éramos
hormiguitas porque el hormigón estaba, al igual que nosotros, super caliente. Caminamos
un poco más de media cuadra hasta llegar a una casa vieja, de dos pisos, gris en su
neoclasicismo gótico. Una puerta de madera ostentaba un ramo de camelias que casi no dejaban
ver una críptica inscripción que proclamaba
Meca
.
Rápidamente toqué el timbre, dado que mi
polola
vivía a dos cuadras y si mi suegrita me
cachaba
estaría más
cagado
que palo de gallinero.
Una dama bien entrada en carnes y en sus cuarenta años nos abrió la puerta y nos hizo
pasar. Mientras subíamos al segundo piso pudimos observar en todo su esplendor aquel culo,
pues no se le podía denominar con un simple
poto.
Aquello que la tía Julia ostentaba era un culo de proporciones, un culo como para que
Nemesio Antunes
lo ponga en una cama y lo pinte con rayas azules, un culo como el que aparece en
la película
Feos, sucios y malos
,
un culo como para que
Mayol
lo esculpa, un culo al cual
Baudelaire
le hubiera dedicado una flor de haberlo conocido, un culo para moldearlo en platino y ponerlo
en un museo como
culo patrón
,
como una nueva unidad del sistema
MKS
(hasta se podría crear un nuevo sistema de unidades básicas, MKSC), en resumen,
era un monumento al culo. La tía Julia era indubitablemente la reina de las
culeonas.
L{a,o} seguimos alucinados a un living en el cual procedimos a sentarnos en unos sofás un tanto chillones y rascas. Dada la cara de pendejos que teníamos la tía Julia procedió a explicarnos las reglas del local: dos lucas por hora, con condones, sin fantasias extrambóticas y podíamos escojer a la chica, digamos sobrina. Una a una desfilaron las nueve sobrinitas de la tía Julia. Cada cual puso su mejor cara y mostró sus atributos más apetecibles. Pancho se fue rápidamente con una chiquita media gordita y con cara de picarona degenerada que vestía un short de lo más short y respondía al nombre de Chepita. Eduardo escogió una morenita de labios carnosos con cara de que no mataba ni a una mosca que pasó escondida detrás de un negligé un tanto transparente y que decía llamarse Chuchú.
Yo no me había decidido por ninguna pues no había visto aún una sobrinita de mi agrado. Esta situación cambió radicalmente cuando entró una sobrinita de baja estatura, pelo castaño corto, senos pequeños, tez blanca y piernas demasiado cortas. Su vestimenta estaba compuesta por una cinta negra en el cuello, una blanca flor de camelia en el pelo, un par de zapatos de taco alto, un brazalete de oro en la muñeca y un gato negro en sus brazos. Caminó a un paso seguro por el living con una soberbia nunca antes vista en una sobrinita. Dijo llamarse Olympia. En un relámpago me acordé de la Olympia de Edouard Manet (1832-1883) quien en realidad de llamaba Victorine Meurent. Decidí que Olympia sería mi hetera para esta tarde.
La pieza en la cual entramos Olympia, su gato y yo era de lo más art déco que jamás alla visto. Un simple colchón tirado en el suelo componía el mobiliario de aquella pieza sin cuadros ni posters ni compromisos. Un par de patines de hielo colgaban de una pared como un recuerdo del pasado. Dos ventanas abiertas dejaban entrar el sol, el calor y el ruido de la calle Brazil. Frente a la simplicidad del ambiente y de la vestimenta de Olympia mi elborada y estudiada apariencia artesa chocaba tanto como un milico asistiendo a clases de ecuaciones diferenciales de variable compleja. Procedí rápidamente a desvestirme casi completamente quedando sólo con aquel calzoncillo regalo de una gringuita amiga mia que decía Sexy Santa y un par de calcetines.
La escena era digna de la portada de un disco de Pink Floyd o de una pintura de la colección privada de Khalil Bey.
Afortunadamente Olympia dió muestras de savoir faire y me atrajo al colchón donde, deliciosamente, se dedicó a su antiguo oficio. Sus masajes en la espalda fueron deliciosos. Sobretodo eso de rascarme debajo de los omoplatos.
El gato ronroneó suavemente...
El tiempo voló (¿Será que tomó un avión en vez del tren?) y la tía Julia tocó la puerta para indicar que la hora ya había llegado a su término, al igual que nosotros. A regañadientes me levanté cuando Olynpia llegó con un par de toallas y gentilmente me hizo entender que se esperaba que cumpliese con ciertas tareas de aseo personal al acompañarme al baño y dar el ejemplo al entrar a la ducha. Grité cuando me tocó mi turno al darme cuenta de que no sólo no había agua caliente sino que el agua estaba más helada que abraso de pinguino. Después de secarme rápidamente con la toalla descargué mi rabia y energías restantes atacando a Pancho con mi toalla mojada. Se armó una batalla campal y tripartita (invitamos graciosamente a Eduardo a unírsenos) por todas las piezas y el pasillo del local de la tía Julia. Las sobrinas nos gritaban para darnos ánimo porque, al parecer, el espectáculo de tres grandulones en pelotas peleando con toallas mojadas y armando tremendo quilombo en una casa de jolgorio les causaba cierta gracia.
Por suerte éramos los únicos clientes. Cosa extraña por lo demás pero que la tía Julia nos aclaró al explicarnos que había quedado la cagada en el centro en una marcha de protesta frente a la Moneda, que se había armado la tremenda protesta, que las universidades habían cerrado y que las micros ya no pasaban por la Alameda.
Después de mirarnos entre los tres y meditar un par de segundos, Pancho expresó con
su claridad habitual nuestros pensamientos:
--
¡Xuxa!
¡Cagamos!
El {D,d}ios Apollo debe haberse apiadado de nosotros porque las nueve sobrinas de la tía Julia
iniciaron un motín demandando que nos quedáramos a pasar la noche allí, muy a
pesar de las estrictas reglas del local. Todas las amigas de hacer favores se pusieron a gritar
en coro:
-- ¡Grandísima! ¡Que se queden!
A la tía Julia el espectáculo de tres
huevones
escuálidos
en pelota
con una toalla en la mano, el cuerpo todo rojo a toallazos, con cara de compunjidos y rodeados de
nueve sobrinitas semidesnudas debe haberle resblandecido el corazón porque dijo:
-- Bueno ya, se pueden quedar. Pero, favor por favor
-- mirando fijamente a Eduardo.
Pancho y yo miramos a Eduardo con una cara combinación lineal de
no podís cagarnos
cabro
,
putas
que tenís suerte
y
mucha carne para tan poco gato
.
A Eduardo no lo quedó otra que de sacrificarse por la causa y la Patria y se acercó a la tía Julia para rascarle la espalda. Las mujeres suelen enviciarse con que les rasquen la espalda y hay que cuidarlas mucho para que aquello no suceda. La tía Julia parecía estar fuertemente enviciada.
El asunto se complicó cuando un conjunto acotado y convexo compuesto por siete sobrinitas rodeó a Pancho, lo levantaron en el aire y procedieron a raptárselo muy a pesar de los gritos de felicidad de este último. Supongo que el tumulto fue causado porque los largos y anchos dedos de Pancho deben ser de lo mejor que hay como rascadores de espaldas. Su proverbial pajarito no tuvo nada que ver en esto.
Chuchú y Olympia se quedaron mirándome como quien no quiere la cosa mientras Eduardo
se ponía cómodo en el sofá para proseguir rascando el omoplato derecho de la
tía Julia. Como siempre he tenido la cabeza fría y los nervios de acero hice la
única pregunta sensata en tales circunstancias:
-- ¿Qué hace Adán el día de la madre?
Perdón, la pregunta que hice fue:
-- ¿Qué vamos a cenar?
-- No sé. No hay mucho
-- explicó Olympia.
-- Bueno. ¿Qué tenemos en la cocina?
-- pregunté mientras
me dirigía a la mentada pieza y procedía a
hurguetear
en el refrigerador con la ayuda de mis dos [re]busconas.
En dicho aparato encontré:
Buscando en la despensa encontré lo siguiente:
Me puse a estudiar la situación con gran dedicación hasta que mi cara se iluminó
y mis manos renacieron a los omoplatos respectivos de Chuchú y Olympia. En forma totalmente
apropriada tenía todos los ingredientes necesarios para la preparación de unos
Salmones a la Prostiputa
.
Dicho plato es una maravillosa invención de las cortesanas de dudosa moralidad de la Ciudad Santa,
Roma, quienes la usaban antaño para entretener a sus clientes y para darse las fuerzas
necesarias al ejercicio de su oficio. Se sospecha que muchos clientes visitaban a las cortesanas por sus
Salmones a la Prostiputa
más que por las elegantes y variadas gracias de estas últimas.
Me dirigí a la pieza en donde me puse los calcetines y mis calzoncillos Sexy Santa cosa de quedar decentemente vestido. Busqué en mi bolso de lana de alpaca comprando durante una mochileada con Pancho por Antofagasta a ver si tenía algunos casetes para alegrar el ambiente. Lo único que encontré fue un casete de canciones varias gringas y de Edith Piaf que le había pelado a mi viejo. Pior es nada.
Unos pocos instantes después Eduardo le rascaba el omoplato izquierdo a la tía Julia al ritmo de Mon legionaire tirados en el sofá con los ojos perdidos en una mirada contemplativa de la cocina mientras yo vertía un poco de aceite de oliva bien verde en una olla bajo la atenta curiosidad de Chuchú y Olympia. La cabeza de ajo dejó de estar perdida al pasar a ser pelada, picada y vertida en la olla por mis expertas manos. Mientras yo me lavaba las manos, para no dejar demasiado olor a ajo en la piel de los omoplatos de mis dos meretrices, Chuchú pretextando flojera de rodillas se había sentado en un sillón extrañamente ubicado en la cocina y Olympia se había estirado horizontalmente sobre la mesa de la cocina de modo de poder acariciar su gato más comodamente sin perder de vista instante alguno mis movimientos.
A falta de cuchara de madera usé un palo que por allí estaba tirado para revolver a los ajos mientras estos se doraban en el aceite de oliva. Los dejé dorarse hasta que tomaron justo el color de la piel de la aréola del seno izquierdo de Olympia. Corté el fuego y me puse pacientemente a desvestir a los tomates maduros de su piel mientras todas las presentes languidecían al son de Dans ma rue. Una vez los tomates desnudos, los corté en pedacitos y los eché a la olla con todo el jugo que pude salvar. Puse la olla a fuego lento mientras revolvía sensualmente la mezcla con mi palo de madera. Pacientemente le quité el cuezco a las aceitunas, las fuí cortando en rodajas y echando a la olla paulatinamente. Cuando el combate se acabó por falta de aceitunas me vengué con las alcaparas. Con mi cuchillo suizo abrí las dos latas de alcaparas y las eché a la olla. Mejor dicho, eché las alcaparas a la olla con su jugo y eché las latas vacias al basurero. Seguí revolviendo la mezcla contenida en la olla al mismo ritmo de las caricias de Olympia a su gato. Es decir, enfermantemente sensual. Tomé dos latas de anchoas, las abrí y vacié el contenido en la olla. La revolví sensualmente un poco más. El objetivo de esto es que las anchoas se disuelvan en el tomate mientras las alcaparas y las aceitunas luchan cuerpo a cuerpo para imponer sus respectivos sabores logrando únicamente caer exaustas y entrelazadas sobre el tomate. Un poco de tomillo y una pizca de orégano fueron a cubrir tan horrenda orgía de sabores.
Los ojos orgullosos de Olympia me dejaban pensativo. Ya me imaginaba yo como un Armand Duval persiguiendo a mi Marguerite Gautier, la afamada Dame aux Camelias de Alexandre Dumas fils. Me imaginaba una vida feliz juntos en un paraje bucólico. El orgullo de un hombre de rescatar del vicio a una perdida mediante el amor. Amor quien lo limpia todo. Amor radiante blancura Omo. El recuerdo de las últimas cartas de Marguerite me trajieron de vuelta a la realidad.
Mientras la salsa a la prostiputa, puttanesca en italiano, se reducía paulatinamente a fuego lento, el radiocasete nos hablaba de la Vie en Rose, el olor delicioso de la salsa jugaba cerca de las bocas y narices de las damas presentes dándoles más fuerza a la erección de sus pezones y el palo de madera tenazmente revolvía la salsa yo recordaba con suma atención unas cuantas botellas de Concha y Toro Merlot Rosé, 1983, que había visto en el refrigerador. Inmediatamente saqué una botella, la abrí, me puse una servilleta en el brazo izquierdo como todo buen maître y procedí a servir una copa a todas las damas y varones presentes. La tía Julia, Olympia y Chuchú cada una me agradecieron tan atento gesto obligándome a probar una de las especialidades de la casa; aréola al Merlot Rosé. Resultó ser un aperitivo delicioso, exquisitamente refinado y tremendamente revigorizador. Para evitar que se me quemara la salsa tuve que hacer uso de mi fuerza moral y dejar de tomar de dicha[s] copa[s].
Con sumo cuidado lavé los salmones, los escamé, los fileteé y en un plato los cubrí de harina. En un sartén puse aceite de oliva a calentarse. Cuando estuvo tan caliente que echaba burbujas delicadamente añadí los filetes uno por uno hasta que quedaran crujientes y doraditos. Dejé que Chuchú y Olympia pusieran la mesa bajo la distraida supervisión de la tía Julia y me fuí a buscar a Pancho quien estaba técnicamente desaparecido en acción.
Entré a la pieza donde estaba Pancho con sumo cuidado para descurbir una escena que habría hecho palidecer de envidia a los escultores que plasmaron su voluntad y sus fuerzas en las fachadas de los templos Kandariya-Mahdeva y Visvanatha en la húmeda y caliente selva india. Como el olor entró conmigo las siete sobrinitas y Pancho salieron de su transe místico-erótico y despertaron a otros apetitos terrenales.
Mientras todos los presentes se sentaban aleatoriamente alrededor de la mesa yo ponía un filete por plato y lo cubría completamente con esa brea roja y viva de aceitunas y alcaparas. En cuanto todos tuvieran su porción, incluyendo al gato de Olympia, abrí el resto de las botellas de vino y procedí a sentarme con la animada concurrencia de modo de compartir todos estos oníricos placeres.
Esa fue una velada de la cual ni el Mustang Ranch podía enorgulleserce de haber sido el anfitrión. La conversación fue muy animada y variada gracias a aquella mágica propiedad que tiene el vino. El ritmo de Sweet Georgia Brown nos balanceaba demostrando una vez más ser la mejor canción del poco conocido género whorehouse piano. Eduardo y yo tratamos de establecer científicamente una relación entre el diámetro de las aréolas, el alto de los pezones, el volumen de los senos y la curvatura de los labios de las sobrinitas presentes. Llegamos a unos resultados interesantes, los cuales serán motivo de un paper posterior. Pancho, la tía Julia y Olympia protagonizaron una discusión interesantísima sobre el verdadero origen del culto a Dionisio y las cualidades que hacen al vino superior a la cerveza. Prosiguieron obviamente hablando de las bacanales y de la evolución de la moral sexual en las sociedades pre-helénicas y su influencia sobre las heteras. Yo agregué mi grano de sal al puntualizar las diferencias entre los conceptos de meretrix y scortum entre los romanos. Por asociación de nombres proseguí hablando del famoso manuscrito perdido de Giulio Romano con los sonetos de Pietro Aretino, publicado en 1546 y llamado Il posiciones, o algo así, y que la moral represiva de la época había desafortunadamente hecho quemar. La canción L'acordeoniste marcó el fin de la cena y como postre Pancho trajo el racimo de plátanos. Como seguimos con el interesante tema de las posiciones Chuchú y Olympia me propusieron que los tres diéramos una demostración de varias de las más famosas.
Logramos presentar un espectaculo impresionante, de hondo contenido. Demostramos el 71, la trapecista invertida, la paraguaya, la mariposa voladora, la hélice, la cosaca, el vuelo del condor, la francesita, la flor de loto paralela, la arepa rellena con chile, el pulpo y muchísimos clásicos más. Chuchú, Olympia y yo caimos rendidos al suelo al son de Johnny, tu n'es pas un ange para observar la frenética actividad que nos rodeaba y de la cual habíamos sido el detonador.
Lentamente fuí cayendo en los brazos de Morfeo o los de Chuchú o los de Olympia. No recuerdo muy claramente. Sólo recuerdo que fue delicioso...
N.B.: Los sucesos recién descritos acaecieron en los albores de los tiempos modernos cuando el SIDA formaba únicamente parte de las pesadillas más rebuscadas. Hoy no deben de olvidarse los infaltables condones al preparar este tipo de recetas.
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